miércoles, 17 de diciembre de 2008

Historia del siglo XX. Eric Hobsbawm


VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX.


DOCE PERSONAS REFLEXIONAN SOBRE EL SIGLO XX

Isaiah Berlin (filósofo, Gran Bretaña): «He vivido durante la mayor parte del
siglo xx sin haber experimentado —debo decirlo— sufrimientos personales.
Lo recuerdo como el siglo más terrible de la historia occidental».
Julio Caro Baroja (antropólogo, España): «Existe una marcada contradicción
entre la trayectoria vital individual —la niñez, la juventud y la vejez han
pasado serenamente y sin grandes sobresaltos— y los hechos acaecidos en el
siglo xx ... los terribles acontecimientos que ha vivido la humanidad».
Primo Levi (escritor, Italia): «Los que sobrevivimos a los campos de concentración
no somos verdaderos testigos. Esta es una idea incómoda que gradualmente
me he visto obligado a aceptar al leer lo que han escrito otros
supervivientes, incluido yo mismo, cuando releo mis escritos al cabo de
algunos años. Nosotros, los supervivientes, no somos sólo una minoría
pequeña sino también anómala. Formamos parte de aquellos que, gracias a la
prevaricación, la habilidad o la suerte, no llegamos a tocar fondo. Quienes lo
hicieron y vieron el rostro de la Gorgona, no regresaron, o regresaron sin
palabras».
Rene Dumont (agrónomo, ecologista, Francia): «Es simplemente un siglo de
matanzas y de guerras».
Rita Levi Montalcini (premio Nobel, científica, Italia): «Pese a todo, en este
siglo se han registrado revoluciones positivas ... la aparición del cuarto estado
y la promoción de la mujer tras varios siglos de represión».
William Golding (premio Nobel, escritor, Gran Bretaña): «No puedo dejar de
pensar que ha sido el siglo más violento en la historia humana».
12 HISTORIA DEL SIGLO XX
Ernst Gombrich (historiador del arte, Gran Bretaña): «La principal característica
del siglo xx es la terrible multiplicación de la población mundial. Es
una catástrofe, un desastre y no sabemos cómo atajarla».
Yehudi Menuhin (músico, Gran Bretaña): «Si tuviera que resumir el siglo xx,
diría que despertó las mayores esperanzas que haya concebido nunca la
humanidad y destruyó todas las ilusiones e ideales».
Severo Ochoa (premio Nobel, científico, España): «El rasgo esencial es el
progreso de la ciencia, que ha sido realmente extraordinario ... Esto es lo que
caracteriza a nuestro siglo».
Raymond Firth (antropólogo, Gran Bretaña): «Desde el punto de vista tecnológico,
destaco el desarrollo de la electrónica entre los acontecimientos más
significativos del siglo xx; desde el punto de vista de las ideas, el cambio de
una visión de las cosas relativamente racional y científica a una visión no
racional y menos científica».
Leo Valiani (historiador, Italia): «Nuestro siglo demuestra que el triunfo de
los ideales de la justicia y la igualdad siempre es efímero, pero también
que, si conseguimos preservar la libertad, siempre es posible comenzar de
nuevo ... Es necesario conservar la esperanza incluso en las situaciones más
desesperadas».
Franco Venturi (historiador, Italia): «Los historiadores no pueden responder
a esta cuestión. Para mí, el siglo xx es sólo el intento constantemente renovado
de comprenderlo».
(Agosti y Borgese, 1992, pp. 42, 210, 154, 76, 4, 8, 204, 2, 62, 80, 140 y 160).
I
El 28 de junio de 1992, el presidente francés François Mitterrand se desplazó
súbitamente, sin previo aviso y sin que nadie lo esperara, a Sarajevo,
escenario central de una guerra en los Balcanes que en lo que quedaba de año
se cobraría quizás 150.000 vidas. Su objetivo era hacer patente a la opinión
mundial la gravedad de la crisis de Bosnia. En verdad, la presencia de un estadista
distinguido, anciano y visiblemente debilitado bajo los disparos de las
armas de fuego y de la artillería fue muy comentada y despertó una gran
admiración. Sin embargo, un aspecto de la visita de Mitterrand pasó prácticamente
inadvertido, aunque tenía una importancia fundamental: la fecha. ¿Por
qué había elegido el presidente de Francia esa fecha para ir a Sarajevo? Porque
el 28 de junio era el aniversario del asesinato en Sarajevo, en 1914, del
archiduque Francisco Fernando de Austria-Hungría, que desencadenó, pocas
VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX 13
semanas después, el estallido de la primera guerra mundial. Para cualquier
europeo instruido de la edad de Mitterrand, era evidente la conexión entre la
fecha, el lugar y el recordatorio de una catástrofe histórica precipitada por una
equivocación política y un error de cálculo. La elección de una fecha simbólica
era tal vez la mejor forma de resaltar las posibles consecuencias de la
crisis de Bosnia. Sin embargo, sólo algunos historiadores profesionales y
algunos ciudadanos de edad muy avanzada comprendieron la alusión. La
memoria histórica ya no estaba viva.
La destrucción del pasado, o más bien de los mecanismos sociales que
vinculan la experiencia contemporánea del individuo con la de generaciones
anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías
del siglo xx. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de
este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación
orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven. Esto otorga a los
historiadores, cuya tarea consiste en recordar lo que otros olvidan, mayor
trascendencia que la que han tenido nunca, en estos años finales del segundo
milenio. Pero por esa misma razón deben ser algo más que simples cronistas,
recordadores y compiladores, aunque esta sea también una función necesaria
de los historiadores. En 1989, todos los gobiernos, y especialmente todo el
personal de los ministerios de Asuntos Exteriores, habrían podido asistir con
provecho a un seminario sobre los acuerdos de paz posteriores a las dos guerras
mundiales, que al parecer la mayor parte de ellos habían olvidado.
Sin embargo, no es el objeto de este libro narrar los acontecimientos del
período que constituye su tema de estudio —el siglo xx corto, desde 1914 a
1991—, aunque nadie a quien un estudiante norteamericano inteligente le
haya preguntado si la expresión «segunda guerra mundial» significa que
hubo una «primera guerra mundial» ignora que no puede darse por sentado
el conocimiento aun de los más básicos hechos de la centuria. Mi propósito
es comprender y explicar por qué los acontecimientos ocurrieron de esa forma
y qué nexo existe entre ellos. Para cualquier persona de mi edad que ha
vivido durante todo o la mayor parte del siglo xx, esta tarea tiene también,
inevitablemente, una dimensión autobiográfica, ya que hablamos y nos
explayamos sobre nuestros recuerdos (y también los corregimos). Hablamos
como hombres y mujeres de un tiempo y un lugar concretos, que han participado
en su historia en formas diversas. Y hablamos, también, como actores
que han intervenido en sus dramas —por insignificante que haya sido nuestro
papel—, como observadores de nuestra época y como individuos cuyas
opiniones acerca del siglo han sido formadas por los que consideramos acontecimientos
cruciales del mismo. Somos parte de este siglo, que es parte de
nosotros. No deberían olvidar este hecho aquellos lectores que pertenecen a
otra época, por ejemplo el alumno que ingresa en la universidad en el
momento en que se escriben estas páginas, para quien incluso la guerra del
Vietnam forma parte de la prehistoria.
Para los historiadores de mi edad y formación, el pasado es indestructible,
no sólo porque pertenecemos a la generación en que las calles y los lugares
14 HISTORIA DEL SIGLO XX
públicos tomaban el nombre de personas y acontecimientos de carácter público
(la estación Wilson en Praga antes de la guerra, la estación de metro de
Stalingrado en París), en que aún se firmaban tratados de paz y, por tanto,
debían ser identificados (el tratado de Versalles) y en que los monumentos a
los caídos recordaban acontecimientos del pasado, sino también porque los
acontecimientos públicos forman parte del entramado de nuestras vidas. No
sólo sirven como punto de referencia de nuestra vida privada, sino que han
dado forma a nuestra experiencia vital, tanto privada como pública. Para el
autor del presente libro, el 30 de enero de 1933 no es una fecha arbitraria en
la que Hitler accedió al cargo de canciller de Alemania, sino una tarde de
invierno en Berlín en que un joven de quince años, acompañado de su hermana
pequeña, recorría el camino que le conducía desde su escuela, en Wilmersdorf,
hacia su casa, en Halensee, y que en un punto cualquiera del trayecto
leyó el titular de la noticia. Todavía lo veo como en un sueño.
Pero no sólo en el caso de un historiador anciano el pasado es parte de
su presente permanente. En efecto, en una gran parte del planeta, todos los
que superan una cierta edad, sean cuales fueren sus circunstancias personales
y su trayectoria vital, han pasado por las mismas experiencias cruciales
que, hasta cierto punto, nos han marcado a todos de la misma forma. El
mundo que se desintegró a finales de los años ochenta era aquel que había
cobrado forma bajo el impacto de la revolución rusa de 1917. Ese mundo
nos ha marcado a todos, por ejemplo, en la medida en que nos acostumbramos
a concebir la economía industrial moderna en función de opuestos
binarios, «capitalismo» y «socialismo», como alternativas mutuamente excluyentes.
El segundo de esos términos identificaba las economías organizadas
según el modelo de la URSS y el primero designaba a todas las
demás. Debería quedar claro ahora que se trataba de un subterfugio arbitrario
y hasta cierto punto artificial, que sólo puede entenderse en un contexto
histórico determinado. Y, sin embargo, aun ahora es difícil pensar, ni siquiera
de forma retrospectiva, en otros principios de clasificación más realistas
que aquellos que situaban en un mismo bloque a los Estados Unidos, Japón,
Suecia, Brasil, la República Federal de Alemania y Corea del Sur, así como
a las economías y sistemas estatales de la región soviética que se derrumbó
al acabar los años ochenta en el mismo conjunto que las del este y sureste
asiático, que no compartieron ese destino.
Una vez más hay que decir que incluso el mundo que ha sobrevivido una
vez concluida la revolución de octubre es un mundo cuyas instituciones y
principios básicos cobraron forma por obra de quienes se alinearon en el bando
de los vencedores en la segunda guerra mundial. Los elementos del bando
perdedor o vinculados a ellos no sólo fueron silenciados, sino prácticamente
borrados de la historia y de la vida intelectual, salvo en su papel de «enemigo
» en el drama moral universal que enfrenta al bien con el mal. (Posiblemente,
lo mismo les está ocurriendo a los perdedores de la guerra fría de la
segunda mitad del siglo, aunque no en el mismo grado ni durante tanto tiempo.)
Esta es una de las consecuencias negativas de vivir en un siglo de guerras
VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX 15
de religión, cuyo rasgo principal es la intolerancia. Incluso quienes anunciaban
el pluralismo inherente a su ausencia de ideología consideraban que el
mundo no era lo suficientemente grande para permitir la coexistencia permanente
con las religiones seculares rivales. Los enfrentamientos religiosos o
ideológicos, como los que se han sucedido ininterrumpidamente durante el
presente siglo, erigen barreras en el camino del historiador, cuya labor fundamental
no es juzgar sino comprender incluso lo que resulta más difícil de
aprehender. Pero lo que dificulta la comprensión no son sólo nuestras apasionadas
convicciones, sino la experiencia histórica que les ha dado forma.
Aquéllas son más fáciles de superar, pues no existe un átomo de verdad en la
típica, pero errónea, expresión francesa tout comprendre c 'est tout pardonner
(comprenderlo todo es perdonarlo todo). Comprender la época nazi en la historia
de Alemania y encajarla en su contexto histórico no significa perdonar el
genocidio. En cualquier caso, no parece probable que quien haya vivido
durante este siglo extraordinario pueda abstenerse de expresar un juicio. La
dificultad estriba en comprender.
II
¿Cómo hay que explicar el siglo xx corto, es decir, los años transcurridos
desde el estallido de la primera guerra mundial hasta el hundimiento de la
URSS, que, como podemos apreciar retrospectivamente, constituyen un período
histórico coherente que acaba de concluir? Ignoramos qué ocurrirá a continuación
y cómo será el tercer milenio, pero sabemos con certeza que será
el siglo xx el que le habrá dado forma. Sin embargo, es indudable que en
los años finales de la década de 1980 y en los primeros de la de 1990 terminó
una época de la historia del mundo para comenzar otra nueva. Esa es la
información esencial para los historiadores del siglo, pues aun cuando pueden
especular sobre el futuro a tenor de su comprensión del pasado, su tarea
no es la misma que la del que pronostica el resultado de las carreras de caballos.
Las únicas carreras que debe describir y analizar son aquellas cuyo
resultado —de victoria o de derrota— es conocido. De cualquier manera, el
éxito de los pronosticadores de los últimos treinta o cuarenta años, con independencia
de sus aptitudes profesionales como profetas, ha sido tan espectacularmente
bajo que sólo los gobiernos y los institutos de investigación económica
siguen confiando en ellos, o aparentan hacerlo. Es probable incluso
que su índice de fracasos haya aumentado desde la segunda guerra mundial.
En este libro, el siglo xx aparece estructurado como un tríptico. A una
época de catástrofes, que se extiende desde 1914 hasta el fin de la segunda
guerra mundial, siguió un período de 25 o 30 años de extraordinario crecimiento
económico y transformación social, que probablemente transformó
la sociedad humana más profundamente que cualquier otro período de duración
similar. Retrospectivamente puede ser considerado como una especie
de edad de oro, y de hecho así fue calificado apenas concluido, a comienzos
16 HISTORIA DEL SIGLO XX
de los años setenta. La última parte del siglo fue una nueva era de descomposición,
incertidumbre y crisis y, para vastas zonas del mundo como África,
la ex Unión Soviética y los antiguos países socialistas de Europa, de
catástrofes. Cuando el decenio de 1980 dio paso al de 1990, quienes reflexionaban
sobre el pasado y el futuro del siglo lo hacían desde una perspectiva
fin de siécle cada vez más sombría. Desde la posición ventajosa de los
años noventa, puede concluirse que el siglo xx conoció una fugaz edad de
oro, en el camino de una a otra crisis, hacia un futuro desconocido y problemático,
pero no inevitablemente apocalíptico. No obstante, como tal vez
deseen recordar los historiadores a quienes se embarcan en especulaciones
metafísicas sobre el «fin de la historia», existe el futuro. La única generalización
absolutamente segura sobre la historia es que perdurará en tanto en
cuanto exista la raza humana.
El contenido de este libro se ha estructurado de acuerdo con los conceptos
que se acaban de exponer. Comienza con la primera guerra mundial, que marcó
el derrumbe de la civilización (occidental) del siglo xix. Esa civilización
era capitalista desde el punto de vista económico, liberal en su estructura jurídica
y constitucional, burguesa por la imagen de su clase hegemónica característica
y brillante por los adelantos alcanzados en el ámbito de la ciencia, el
conocimiento y la educación, así como del progreso material y moral. Además,
estaba profundamente convencida de la posición central de Europa, cuna
de las revoluciones científica, artística, política e industrial, cuya economía
había extendido su influencia sobre una gran parte del mundo, que sus ejércitos
habían conquistado y subyugado, cuya población había crecido hasta
constituir una tercera parte de la raza humana (incluida la poderosa y creciente
corriente de emigrantes europeos y sus descendientes), y cuyos principales
estados constituían el sistema de la política mundial.1
Los decenios transcurridos desde el comienzo de la primera guerra mundial
hasta la conclusión de la segunda fueron una época de catástrofes para
esta sociedad, que durante cuarenta años sufrió una serie de desastres sucesivos.
Hubo momentos en que incluso los conservadores inteligentes no
habrían apostado por su supervivencia. Sus cimientos fueron quebrantados
por dos guerras mundiales, a las que siguieron dos oleadas de rebelión y
revolución generalizadas, que situaron en el poder a un sistema que reclamaba
ser la alternativa, predestinada históricamente, a la sociedad burguesa y
capitalista, primero en una sexta parte de la superficie del mundo y, tras la
segunda guerra mundial, abarcaba a más de una tercera parte de la población
1. He intentado describir y explicar el auge de esta civilización en una historia, en tres
volúmenes, del «siglo xix largo» (desde la década de 1780 hasta 1914). y he intentado analizar
las razones de su hundimiento. En el presente libro se hace referencia a esos trabajos. The Age
of Revolution, I789-1H4H, The Age of Capital. 1848-1875 y The Age of Empire 1875-1914,
cuando lo considero necesario. (Hay trad, cast.: Las revoluciones burguesas. Labor, Barcelona,
1987", reeditada en 1991 por la misma editorial con el título La era de la revolución; La era
del capitalismo. Labor, Barcelona, 1989; La era del imperio. Labor. Barcelona, 1990; los tres
títulos serán nuevamente editados por Crítica a partir de 1996.)
VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX 17
del planeta. Los grandes imperios coloniales que se habían formado antes y
durante la era del imperio se derrumbaron y quedaron reducidos a cenizas.
La historia del imperialismo moderno, tan firme y tan seguro de sí mismo a la
muerte de la reina Victoria de Gran Bretaña, no había durado más que el lapso
de una vida humana (por ejemplo, la de Winston Churchill, 1874-1965).
Pero no fueron esos los únicos males. En efecto, se desencadenó una crisis
económica mundial de una profundidad sin precedentes que sacudió
incluso los cimientos de las más sólidas economías capitalistas y que pareció
que podría poner fin a la economía mundial global, cuya creación había sido
un logro del capitalismo liberal del siglo xix. Incluso los Estados Unidos,
que no habían sido afectados por la guerra y la revolución, parecían al borde
del colapso. Mientras la economía se tambaleaba, las instituciones de la
democracia liberal desaparecieron prácticamente entre 1917 y 1942, excepto
en una pequeña franja de Europa y en algunas partes de América del Norte y
de Australasia, como consecuencia del avance del fascismo y de sus movimientos
y regímenes autoritarios satélites.
Sólo la alianza —insólita y temporal— del capitalismo liberal y el comunismo
para hacer frente a ese desafío permitió salvar la democracia, pues la
victoria sobre la Alemania de Hitler fue esencialmente obra (no podría haber
sido de otro modo) del ejército rojo. Desde una multiplicidad de puntos de
vista, este período de alianza entre el capitalismo y el comunismo contra el
fascismo —fundamentalmente las décadas de 1930 y 1940— es el momento
decisivo en la historia del siglo xx. En muchos sentidos es un proceso paradójico,
pues durante la mayor parte del siglo —excepto en el breve período
de antifascismo— las relaciones entre el capitalismo y el comunismo se
caracterizaron por un antagonismo irreconciliable. La victoria de la Unión
Soviética sobre Hitler fue el gran logro del régimen instalado en aquel país
por la revolución de octubre, como se desprende de la comparación entre los
resultados de la economía de la Rusia zarista en la primera guerra mundial y
de la economía soviética en la segunda (Gatrell y Harrison, 1993). Probablemente,
de no haberse producido esa victoria, el mundo occidental (excluidos
los Estados Unidos) no consistiría en distintas modalidades de régimen parlamentario
liberal sino en diversas variantes de régimen autoritario y fascis-,
ta. Una de las ironías que nos depara este extraño siglo es que el resultado
más perdurable de la revolución de octubre, cuyo objetivo era acabar con el
capitalismo a escala planetaria, fuera el de haber salvado a su enemigo acérrimo,
tanto en la guerra como en la paz, al proporcionarle el incentivo —el
temor— para reformarse desde dentro al terminar la segunda guerra mundial
y al dar difusión al concepto de planificación económica, suministrando al
mismo tiempo algunos de los procedimientos necesarios para su reforma.
Ahora bien, una vez que el capitalismo liberal había conseguido sobrevivir
—a duras penas— al triple reto de la Depresión, el fascismo y la guerra,
parecía tener que hacer frente todavía al avance global de la revolución, cuyas m
fuerzas podían agruparse en torno a la URSS, que había emergido de la
segunda guerra mundial como una superpotencia.
18 HISTORIA DEL SIGLO XX
Sin embargo, como se puede apreciar ahora de forma retrospectiva, la fuerza
del desafío planetario que el socialismo planteaba al capitalismo radicaba en
la debilidad de su oponente. Sin el hundimiento de la sociedad burguesa decimonónica
durante la era de las catástrofes no habría habido revolución de octubre
ni habría existido la URSS. El sistema económico improvisado en el
núcleo euroasiático rural arruinado del antiguo imperio zarista, al que se dio
el nombre de socialismo, no se habría considerado —nadie lo habría hecho—
como una alternativa viable a la economía capitalista, a escala mundial. Fue la
Gran Depresión de la década de 1930 la que hizo parecer que podía ser así, de
la misma manera que el fascismo convirtió a la URSS en instrumento indispensable
de la derrota de Hitler y, por tanto, en una de las dos superpotencias
cuyos enfrentamientos dominaron y llenaron de terror la segunda mitad del
siglo xx, pero que al mismo tiempo —como también ahora es posible colegir—
estabilizó en muchos aspectos su estructura política. De no haber ocurrido
todo ello, la URSS no se habría visto durante quince años, a mediados de
siglo, al frente de un «bando socialista» que abarcaba a la tercera parte de la
raza humana, y de una economía que durante un fugaz momento pareció capaz
de superar el crecimiento económico capitalista.
El principal interrogante al que deben dar respuesta los historiadores del
siglo xx es cómo y por qué tras la segunda guerra mundial el capitalismo inició
—para sorpresa de todos— la edad de oro, sin precedentes y tal vez anómala,
de 1947-1973. No existe todavía una respuesta que tenga un consenso
general y tampoco yo puedo aportarla. Probablemente, para hacer un análisis
más convincente habrá que esperar hasta que pueda apreciarse en su justa
perspectiva toda la «onda larga» de la segunda mitad del siglo xx. Aunque
pueda verse ya la edad de oro como un período definido, los decenios de crisis
que ha conocido el mundo desde entonces no han concluido todavía cuando
se escriben estas líneas. Ahora bien, lo que ya se puede evaluar con toda
certeza es la escala y el impacto extraordinarios de la transformación económica,
social y cultural que se produjo en esos años: la mayor, la más rápida
y la más decisiva desde que existe el registro histórico. En la segunda parte
de este libro se analizan algunos aspectos de ese fenómeno. Probablemente,
quienes durante el tercer milenio escriban la historia del siglo xx considerarán
que ese período fue el de mayor trascendencia histórica de la centuria,
porque en él se registraron una serie de cambios profundos e irreversibles
para la vida humana en todo el planeta. Además, esas transformaciones aún
no han concluido. Los periodistas y filósofos que vieron «el fin de la historia
» en la caída del imperio soviético erraron en su apreciación. Más justificada
estaría la afirmación de que el tercer cuarto de siglo señaló el fin de
siete u ocho milenios de historia humana que habían comenzado con la aparición
de la agricultura durante el Paleolítico, aunque sólo fuera porque terminó
la larga era en que la inmensa mayoría de la raza humana se sustentaba
practicando la agricultura y la ganadería.
En cambio, al enfrentamiento entre el «capitalismo» y el «socialismo»,
con o sin la intervención de estados y gobiernos como los Estados Unidos y
VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX 19
la URSS en representación del uno o del otro, se le atribuirá probablemente
un interés histórico más limitado, comparable, en definitiva, al de las guerras
de religión de los siglos xvi y XVII o a las cruzadas. Sin duda, para quienes
han vivido durante una parte del siglo xx, se trata de acontecimientos de gran
importancia, y así son tratados en este libro, que ha sido escrito por un autor
del siglo xx y para lectores del siglo xx. Las revoluciones sociales, la guerra
fría, la naturaleza, los límites y los defectos fatales del «socialismo realmente
existente», así como su derrumbe, son analizados de forma pormenorizada.
Sin embargo, es importante recordar que la repercusión más importante y
duradera de los regímenes inspirados por la revolución de octubre fue la de
haber acelerado poderosamente la modernización de países agrarios atrasados.
Sus logros principales en este contexto coincidieron con la edad de oro del
capitalismo. No es este el lugar adecuado para examinar hasta qué punto las
estrategias opuestas para enterrar el mundo de nuestros antepasados fueron
efectivas o se aplicaron conscientemente. Como veremos, hasta el inicio de
los años sesenta parecían dos fuerzas igualadas, afirmación que puede
parecer ridicula a la luz del hundimiento del socialismo soviético, aunque un
primer ministro británico que conversaba con un presidente norteamericano
veía todavía a la URSS como un estado cuya «boyante economía ... pronto
superará a la sociedad capitalista en la carrera por la riqueza material» (Horne,
1989, p. 303). Sin embargo, el aspecto que cabe destacar es que, en la
década de 1980, la Bulgaria socialista y el Ecuador no socialista tenían más
puntos en común que en 1939.
Aunque el hundimiento del socialismo soviético —y sus consecuencias,
trascendentales y aún incalculables, pero básicamente negativas— fue el
acontecimiento más destacado en los decenios de crisis que siguieron a la
edad de oro, serían estos unos decenios de crisis universal o mundial. La crisis
afectó a las diferentes partes del mundo en formas y grados distintos, pero
afectó a todas ellas, con independencia de sus configuraciones políticas,
sociales y económicas, porque la edad de oro había creado, por primera vez
en la historia, una economía mundial universal cada vez más integrada cuyo
funcionamiento trascendía las fronteras estatales y, por tanto, cada vez más
también, las fronteras de las ideologías estatales. Por consiguiente, resultaron
debilitadas las ideas aceptadas de las instituciones de todos los regímenes y
sistemas. Inicialmente, los problemas de los años setenta se vieron sólo como
una pausa temporal en el gran salto adelante de la economía mundial y los
países de todos los sistemas económicos y políticos trataron de aplicar soluciones
temporales. Pero gradualmente se hizo patente que había comenzado
un período de dificultades duraderas y los países capitalistas buscaron soluciones
radicales, en muchos casos ateniéndose a los principios enunciados
por los teólogos seculares del mercado libre sin restricción alguna, que
rechazaban las políticas que habían dado tan buenos resultados a la economía
mundial durante la edad de oro pero que ahora parecían no servir. Pero los
defensores a ultranza del laissezfaire no tuvieron más éxito que los demás.
En el decenio de 1980 y los primeros años del de 1990, el mundo capitalista
2 0 HISTORIA DEL SIGLO XX
comenzó de nuevo a tambalearse abrumado por los mismos problemas del
período de entreguerras que la edad de oro parecía haber superado: el desempleo
masivo, graves depresiones cíclicas y el enfrentamiento cada vez más
encarnizado entre los mendigos sin hogar y las clases acomodadas, entre los
ingresos limitados del estado y un gasto público sin límite. Los países socialistas,
con unas economías débiles y vulnerables, se vieron abocados a una
ruptura tan radical, o más, con el pasado y, ahora lo sabemos, al hundimiento.
Ese hundimiento puede marcar el fin del siglo xx corto, de igual forma que la
primera guerra mundial señala su comienzo. En este punto se interrumpe mi
crónica histórica.
Concluye —como corresponde a cualquier libro escrito al comenzar la
década de 1990— con una mirada hacia la oscuridad. El derrumbamiento de
una parte del mundo reveló el malestar existente en el resto. Cuando los años
ochenta dejaron paso a los noventa se hizo patente que la crisis mundial no
era sólo general en la esfera económica, sino también en el ámbito de la política.
El colapso de los regímenes comunistas entre Istria y Vladivostok no
sólo dejó tras de sí una ingente zona dominada por la incertidumbre política,
la inestabilidad, el caos y la guerra civil, sino que destruyó el sistema internacional
que había estabilizado las relaciones internacionales durante cuarenta
años y reveló, al mismo tiempo, la precariedad de los sistemas políticos
nacionales que se sustentaban en esa estabilidad. Las tensiones generadas por
los problemas económicos socavaron los sistemas políticos de la democracia
liberal, parlamentarios o presidencialistas, que tan bien habían funcionado en
los países capitalistas desarrollados desde la segunda guerra mundial. Pero
socavaron también los sistemas políticos existentes en el tercer mundo. Las
mismas unidades políticas fundamentales, los «estados-nación» territoriales,
soberanos e independientes, incluso los más antiguos y estables, resultaron
desgarrados por las fuerzas de la economía supranacional o transnacional
y por las fuerzas infranacionales de las regiones y grupos étnicos secesionistas.
Algunos de ellos —tal es la ironía de la historia— reclamaron la condición
—ya obsoleta e irreal— de «estados-nación» soberanos en miniatura.
El futuro de la política era oscuro, pero su crisis al finalizar el siglo xx era
patente.
Más evidente aún que las incertidumbres de la economía y la política
mundial era la crisis social y moral, que reflejaba las convulsiones del período
posterior a 1950, que encontraron también amplia y confusa expresión en
esos decenios de crisis. Era la crisis de las creencias y principios en los que
se había basado la sociedad desde que a comienzos del siglo xvm las mentes
modernas vencieran la célebre batalla que libraron con los antiguos, una crisis
de los principios racionalistas y humanistas que compartían el capitalismo
liberal y el comunismo y que habían hecho posible su breve pero decisiva
alianza contra el fascismo que los rechazaba. Un observador alemán de talante
conservador, Michael Stiirmer, señaló acertadamente en 1993 que lo que
estaba en juego eran las creencias comunes del Este y el Oeste:
VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX 21
Existe un extraño paralelismo entre el Este y el Oeste. En el Este, la doctrina
del estado insistía en que la humanidad era dueña de su destino. Sin
embargo, incluso nosotros creíamos en una versión menos oficial y menos
extrema de esa misma máxima: la humanidad progresaba por la senda que la
llevaría a ser dueña de sus destinos. La aspiración a la omnipotencia ha desaparecido
por completo en el Este, pero sólo relativamente entre nosotros. Sin
embargo, unos y otros hemos naufragado (Bergedorfer 98, p. 95).
paradójicamente, una época que sólo podía vanagloriarse de haber beneficiado
a la humanidad por el enorme progreso material conseguido gracias a la
ciencia y a la tecnología, contempló en sus momentos postreros cómo esos
elementos eran rechazados en Occidente por una parte importante de la opinión
pública y por algunos que se decían pensadores.
Sin embargo, la crisis moral no era sólo una crisis de los principios de la
civilización moderna, sino también de las estructuras históricas de las relaciones
humanas que la sociedad moderna había heredado del pasado preindustrial
y precapitalista y que, ahora podemos concluirlo, habían permitido
su funcionamiento. No era una crisis de una forma concreta de organizar las
sociedades, sino de todas las formas posibles. Los extraños llamamientos en
pro de una «sociedad civil» y de la «comunidad», sin otros rasgos de identidad,
procedían de unas generaciones perdidas y a la deriva. Se dejaron oír en
un momento en que esas palabras, que habían perdido su significado tradicional,
eran sólo palabras hueras. Sólo quedaba un camino para definir la
identidad de grupo: definir a quienes no formaban parte del mismo.
Para el poeta T. S. Eliot, «esta es la forma en que termina el mundo: no
con una explosión, sino con un gemido». Al terminar el siglo xx corto se
escucharon ambas cosas.
III
¿Qué paralelismo puede establecerse entre el mundo de 1914 y el de los
años noventa? Éste cuenta con cinco o seis mil millones de seres humanos,
aproximadamente tres veces más que al comenzar la primera guerra mundial,
a pesar de que en el curso del siglo xx se ha dado muerte o se ha dejado
morir a un número más elevado de seres humanos que en ningún otro período
de la historia. Una estimación reciente cifra el número de muertes registrado
durante la centuria en 187 millones de personas (Brzezinski, 1993), lo
que equivale a más del 10 por 100 de la población total del mundo en 1900.
La mayor parte de los habitantes que pueblan el mundo en el decenio de
1990 son más altos y de mayor peso que sus padres, están mejor alimentados
y viven muchos más años, aunque las catástrofes de los años ochenta y
noventa en África, América Latina y la ex Unión Soviética hacen que esto
sea difícil de creer. El mundo es incomparablemente más rico de lo que lo ha
sido nunca por lo que respecta a su capacidad de producir bienes y servicios
2 2 HISTORIA DEL SIGLO XX
y por la infinita variedad de los mismos. De no haber sido así habría resultado
imposible mantener una población mundial varias veces más numerosa
que en cualquier otro período de la historia del mundo. Hasta el decenio de
1980, la mayor parte de la gente vivía mejor que sus padres y, en las economías
avanzadas, mejor de lo que nunca podrían haber imaginado. Durante
algunas décadas, a mediados del siglo, pareció incluso que se había encontrado
la manera de distribuir entre los trabajadores de los países más ricos al
menos una parte de tan enorme riqueza, con un cierto sentido de justicia,
pero al terminar el siglo predomina de nuevo la desigualdad. Ésta se ha enseñoreado
también de los antiguos países «socialistas», donde previamente
reinaba una cierta igualdad en la pobreza. La humanidad es mucho más instruida
que en 1914. De hecho, probablemente por primera vez en la historia
puede darse el calificativo de alfabetizados, al menos en las estadísticas oficiales,
a la mayor parte de los seres humanos. Sin embargo, en los años finales
del siglo es mucho menos patente que en 1914 la trascendencia de ese
logro, pues es enorme, y cada vez mayor, el abismo existente entre el mínimo
de competencia necesario para ser calificado oficialmente como alfabetizado
(frecuentemente se traduce en un «analfabetismo funcional») y el dominio
de la lectura y la escritura que aún se espera en niveles más elevados de
instrucción.
El mundo está dominado por una tecnología revolucionaria que avanza
sin cesar, basada en los progresos de la ciencia natural que, aunque ya se preveían
en 1914, empezaron a alcanzarse mucho más tarde. La consecuencia de
mayor alcance de esos progresos ha sido, tal vez, la revolución de los sistemas
de transporte y comunicaciones, que prácticamente han eliminado el
tiempo y la distancia. El mundo se ha transformado de tal forma que cada
día, cada hora y en todos los hogares la población común dispone de más
información y oportunidades de esparcimiento de la que disponían los emperadores
en 1914. Esa tecnología hace posible que personas separadas por
océanos y continentes puedan conversar con sólo pulsar unos botones y ha
eliminado las ventajas culturales de la ciudad sobre el campo.
¿Cómo explicar, pues, que el siglo no concluya en un clima de triunfo,
por ese progreso extraordinario e inigualable, sino de desasosiego? ¿Por qué,
como se constata en la introducción de este capítulo, las reflexiones de tantas
mentes brillantes acerca del siglo están teñidas de insatisfacción y de desconfianza
hacia el futuro? No es sólo porque ha sido el siglo más mortífero
de la historia a causa de la envergadura, la frecuencia y duración de los conflictos
bélicos que lo han asolado sin interrupción (excepto durante un breve
período en los años veinte), sino también por las catástrofes humanas, sin
parangón posible, que ha causado, desde las mayores hambrunas de la historia
hasta el genocidio sistemático. A diferencia del «siglo xix largo», que
pareció —y que fue— un período de progreso material, intelectual y moral
casi ininterrumpido, es decir, de mejora de las condiciones de la vida civilizada,
desde 1914 se ha registrado un marcado retroceso desde los niveles que
se consideraban normales en los países desarrollados y en las capas medias
VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX 23
de la población y que se creía que se estaban difundiendo hacia las regiones
más atrasadas y los segmentos menos ilustrados de la población.
Como este siglo nos ha enseñado que los seres humanos pueden aprender
a vivir bajo las condiciones más brutales y teóricamente intolerables, no es
fácil calibrar el alcance del retorno (que lamentablemente se está produciendo
a ritmo acelerado) hacia lo que nuestros antepasados del siglo xrx habrían
calificado como niveles de barbarie. Hemos olvidado que el viejo revolucionario
Federico Engels se sintió horrorizado ante la explosión de una bomba
colocada por los republicanos irlandeses en Westminster Hall, porque como
ex soldado sostenía que ello suponía luchar no sólo contra los combatientes
sino también contra la población civil. Hemos olvidado que los pogroms de
la Rusia zarista, que horrorizaron a la opinión mundial y llevaron al otro lado
del Atlántico a millones de judíos rusos entre 1881 y 1914, fueron episodios
casi insignificantes si se comparan con las matanzas actuales: los muertos se
contaban por decenas y no por centenares ni por millones. Hemos olvidado
que una convención internacional estipuló en una ocasión que las hostilidades
en la guerra «no podían comenzar sin una advertencia previa y explícita
en forma de una declaración razonada de guerra o de un ultimátum con una
declaración condicional de guerra», pues, en efecto, ¿cuál fue la última guerra
que comenzó con una tal declaración explícita o implícita? ¿Cuál fue la
última guerra que concluyó con un tratado formal de paz negociado entre los
estados beligerantes? En el siglo xx, las guerras se han librado, cada vez
más, contra la economía y la infraestructura de los estados y contra la población
civil. Desde la primera guerra mundial ha habido muchas más bajas
civiles que militares en todos los países beligerantes, con la excepción de los
Estados Unidos. Cuántos de nosotros recuerdan que en 1914 todo el mundo
aceptaba que
la guerra civilizada, según afirman los manuales, debe limitarse, en la medida
de lo posible, a la desmembración de las fuerzas armadas del enemigo; de otra
forma, la guerra continuaría hasta que uno de los bandos fuera exterminado.
«Con buen sentido ... esta práctica se ha convertido en costumbre en las naciones
de Europa.» (Encyclopedia Britannica, XI ed., 1911, voz «guerra».)
No pasamos por alto el hecho de que la tortura o incluso el asesinato han llegado
a ser un elemento normal en el sistema de seguridad de los estados
modernos, pero probablemente no apreciamos hasta qué punto eso constituye
una flagrante interrupción del largo período de evolución jurídica positiva,
desde la primera abolición oficial de la tortura en un país occidental, en la
década de 1780, hasta 1914.
Y sin embargo, a la hora de hacer un balance histórico, no puede compararse
el mundo de finales del siglo xx con el que existía a comienzos del
período. Es un mundo cualitativamente distinto, al menos en tres aspectos.
En primer lugar, no es ya eurocéntrico. A lo largo del siglo se ha producido
la decadencia y la caída de Europa, que al comenzar el siglo era todavía
2 4 HISTORIA DEL SIGLO XX
el centro incuestionado del poder, la riqueza, la inteligencia y la «civilización
occidental». Los europeos y sus descendientes han pasado de aproximadamente
1/3 a 1/6, como máximo, de la humanidad. Son, por tanto, una minoría
en disminución que vive en unos países con un ínfimo, o nulo, índice de
reproducción vegetativa y la mayor parte de los cuales —con algunas notables
excepciones como la de los Estados Unidos (hasta el decenio de
1990)— se protegen de la presión de la inmigración procedente de las zonas
más pobres. Las industrias que Europa inició emigran a otros continentes y
los países que en otro tiempo buscaban en Europa, al otro lado de los océanos,
el punto de referencia, dirigen ahora su mirada hacia otras partes. Australia,
Nueva Zelanda e incluso los Estados Unidos (país bioceánico) ven el
futuro en el Pacífico, si bien no es fácil decir qué significa eso exactamente.
Las «grandes potencias» de 1914, todas ellas europeas, han desaparecido,
como la URSS, heredera de la Rusia zarista, o han quedado reducidas a una
magnitud regional o provincial, tal vez con la excepción de Alemania. El
mismo intento de crear una «Comunidad Europea» supranacional y de inventar
un sentimiento de identidad europeo correspondiente a ese concepto, en
sustitución de las viejas lealtades a las naciones y estados históricos, demuestra
la profundidad del declive.
¿Es acaso un cambio de auténtica importancia, excepto para los historiadores
políticos? Tal vez no, pues sólo refleja alteraciones de escasa envergadura
en la configuración económica, intelectual y cultural del mundo. Ya
en 1914 los Estados Unidos eran la principal economía industrial y el principal
pionero, modelo y fuerza impulsora de la producción y la cultura de
masas que conquistaría el mundo durante el siglo xx. Los Estados Unidos,
pese a sus numerosas peculiaridades, son la prolongación, en ultramar, de
Europa y se alinean junto al viejo continente para constituir la «civilización
occidental». Sean cuales fueren sus perspectivas de futuro, lo que ven los
Estados Unidos al dirigir la vista atrás en la década de 1990 es «el siglo americano
», una época que ha contemplado su eclosión y su victoria. El conjunto
de los países que protagonizaron la industrialización del siglo xix sigue
suponiendo, colectivamente, la mayor concentración de riqueza y de poder
económico y científico-tecnológico del mundo, y en el que la población disfruta
del más elevado nivel de vida. En los años finales del siglo eso compensa
con creces la desindustrialización y el desplazamiento de la producción
hacia otros continentes. Desde ese punto de vista, la impresión de un
mundo eurocéntrico u «occidental» en plena decadencia es superficial.
La segunda transformación es más significativa. Entre 1914 y el comienzo
del decenio de 1990, el mundo ha avanzado notablemente en el camino
que ha de convertirlo en una única unidad operativa, lo que era imposible en
1914. De hecho, en muchos aspectos, particularmente en las cuestiones económicas,
el mundo es ahora la principal unidad operativa y las antiguas unidades,
como las «economías nacionales», definidas por la política de los
estados territoriales, han quedado reducidas a la condición de complicaciones
de las actividades transnacionales. Tal vez, los observadores de mediados del
VISTA PANORÁMICA DEL SIGLO XX 25
siglo xxi considerarán que el estadio alcanzado en 1990 en la construcción
de la «aldea global» —la expresión fue acuñada en los años sesenta (Macluhan,
1962)— no es muy avanzado, pero lo cierto es que no sólo se han
transformado ya algunas actividades económicas y técnicas, y el funcionamiento
de la ciencia, sino también importantes aspectos de la vida privada,
principalmente gracias a la inimaginable aceleración de las comunicaciones
y el transporte. Posiblemente, la característica más destacada de este período
final del siglo xx es la incapacidad de las instituciones públicas y del comportamiento
colectivo de los seres humanos de estar a la altura de ese acelerado
proceso de mundialización. Curiosamente, el comportamiento individual
del ser humano ha tenido menos dificultades para adaptarse al mundo de
la televisión por satélite, el correo electrónico, las vacaciones en las Seychelles
y los trayectos transoceánicos.
La tercera transformación, que es también la más perturbadora en algunos
aspectos, es la desintegración de las antiguas pautas por las que se regían
las relaciones sociales entre los seres humanos y, con ella, la ruptura de los
vínculos entre las generaciones, es decir, entre pasado y presente. Esto es
sobre todo evidente en los países más desarrollados del capitalismo occidental,
en los que han alcanzado una posición preponderante los valores de un
individualismo asocial absoluto, tanto en la ideología oficial como privada,
aunque quienes los sustentan deploran con frecuencia sus consecuencias
sociales. De cualquier forma, esas tendencias existen en todas partes, reforzadas
por la erosión de las sociedades y las religiones tradicionales y por la
destrucción, o autodestrucción, de las sociedades del «socialismo real».
Una sociedad de esas características, constituida por un conjunto de individuos
egocéntricos completamente desconectados entre sí y que persiguen
tan sólo su propia gratificación (ya se le denomine beneficio, placer o de otra
forma), estuvo siempre implícita en la teoría de la economía capitalista. Desde
la era de las revoluciones, observadores de muy diverso ropaje ideológico
anunciaron la desintegración de los vínculos sociales vigentes y siguieron
con atención el desarrollo de ese proceso. Es bien conocido el reconocimiento
que se hace en el Manifiesto Comunista del papel revolucionario del capitalismo
(«la burguesía ... ha destruido de manera implacable los numerosos
lazos feudales que ligaban al hombre con sus "superiores naturales" y ya no
queda otro nexo de unión entre los hombres que el mero interés personal»).
Sin embargo, la nueva y revolucionaria sociedad capitalista no ha funcionado
plenamente según esos parámetros.
En la práctica, la nueva sociedad no ha destruido completamente toda la
herencia del pasado, sino que la ha adaptado de forma selectiva. No puede
verse un «enigma sociológico» en el hecho de que la sociedad burguesa aspirara
a introducir «un individualismo radical en la economía y ... a poner fin
para conseguirlo a todas las relaciones sociales tradicionales» (cuando fuera
necesario), y que al mismo tiempo temiera «el individualismo experimental
radical» en la cultura (o en el ámbito del comportamiento y la moralidad)
(Daniel Bell, 1976, p. 18). La forma más eficaz de construir una economía
26 HISTORIA DEL SIGLO XX
industrial basada en la empresa privada era utilizar conceptos que nada
tenían que ver con la lógica del libre mercado, por ejemplo, la ética protestante,
la renuncia a la gratificación inmediata, la ética del trabajo arduo y las
obligaciones para con la familia y la confianza en la misma, pero desde luego
no el de la rebelión del individuo.
Pero Marx y todos aquellos que profetizaron la desintegración de los viejos
valores y relaciones sociales estaban en lo cierto. El capitalismo era una fuerza
revolucionaria permanente y continua. Lógicamente, acabaría por desintegrar
incluso aquellos aspectos del pasado precapitalista que le había resultado
conveniente —e incluso esencial— conservar para su desarrollo. Terminaría
por derribar al menos uno de los fundamentos en los que se sustentaba. Y esto
es lo que está ocurriendo desde mediados del siglo. Bajo los efectos de la
extraordinaria explosión económica registrada durante la edad de oro y en los
años posteriores, con los consiguientes cambios sociales y culturales, la
revolución más profunda ocurrida en la sociedad desde la Edad de Piedra,
esos cimientos han comenzado a resquebrajarse. En las postrimerías de esta
centuria ha sido posible, por primera vez, vislumbrar cómo puede ser un
mundo en el que el pasado ha perdido su función, incluido el pasado en el
presente, en el que los viejos mapas que guiaban a los seres humanos,
individual y colectivamente, por el trayecto de la vida ya no reproducen el
paisaje en el que nos desplazamos y el océano por el que navegamos. . Un
mundo en el que no sólo no sabemos adonde nos dirigimos, sino tampoco
adonde deberíamos dirigirnos.
Esta es la situación a la que debe adaptarse una parte de la humanidad en
este fin de siglo y en el nuevo milenio. Sin embargo, es posible que para
entonces se aprecie con mayor claridad hacia dónde se dirige la humanidad.
Podemos volver la mirada atrás para contemplar el camino que nos ha conducido
hasta aquí, y eso es lo que yo he intentado hacer en este libro. Ignoramos
cuáles serán los elementos que darán forma al futuro, aunque no he
resistido la tentación de reflexionar sobre alguno de los problemas que deja
pendientes el período que acaba de concluir. Confiemos en que el futuro nos
depare un mundo mejor, más justo y más viable. El viejo siglo no ha terminado
bien.

Extraído con fines educativos desde http://www.scribd.com/doc/496260/Hobsbawm-Eric-Historia-del-siglo-XX?autodown=pdf

Si se registran pueden bajar el libro entero

viernes, 28 de noviembre de 2008

TIPOS DE MICRÓFONOS



¿Cardiode, condensador, dinámico, omnidireccional...? ¿Qué significan todos estos términos? Todos los micrófonos sirven para grabar, sí, pero si escogemos bien el tipo de micrófono necesario para cada aplicación, conseguiremos multiplicar la calidad de los resultados... simplemenete variando el micrófono usado para cada menester. Veamos qué características ofrece cada tipo, y qué beneficios aporta la elección de unos u otros para cada ocasión.


TIPOS DE MICRÓFONOS

INTRODUCCIÓN



Los micrófonos son transductores electroacústicos que se ocupan de transformar la presión sonora ejercida sobre su cápsula en energía eléctrica. La membrana o diafragma es un elemento fundamental que está presente en cada uno de ellos. Las diferencias que estriban entre los diferentes tipos de micrófonos se basan principalmente en la sensibilidad que son capaces de proporcionar, que están directamente ligadas a la capacidad del micrófono de capturar las oscilaciones mecánicas que provienen de la membrana, y transformar proporcionalmente con éxito dichas oscilaciones en energía eléctrica... intentando conservar la dinámica original de la fuente que deseamos capturar. Como bien parece, no es nada sencillo de conseguir, y desde su nacimiento, el micrófono ha experimentado una larga carrera en busca de la perfección sonora. Este hecho ha desencadenado, por un lado, que los micrófonos hayan llegado a una calidad ya bastante considerable a día de hoy, y por otro, que su tipología se haya fragmentado buscando el mayor rendimiento para cada aplicación en concreto.



En este texto intentaremos desglosar los diferentes tipos de micrófonos, las características que los diferencian, y el tipo de aplicaciones que se ven favorecidas por el uso de uno u otro tipo, aunque abordando el tema de una modo más técnico que práctico, con el fin de conocer los pilares fundamentales de la microfonía antes de ponernos manos a la labor.

EL MICRÓFONO DINÁMICO



En el magneto-dinámico, comúnmente llamado dinámico, la ondas sonoras generan el movimiento de un delgado diafragma metálico y una bobina de hilo conductor. Un imán produce un campo magnético que rodea la bobina, y el movimiento de ella dentro de ese campo induce un flujo de corriente. El principio es el mismo que la producción de electricidad por las compañías de distribución, pero en una escala miniaturizada. Es importante recordar que la corriente se produce por el movimiento del diafragma, y la cantidad de corriente está determinada por la velocidad de este movimiento. Este tipo de micrófonos es conocido como sensitivos a la velocidad.



En función de la eficacia del micro en su conversión de la onda acústica a eléctrica, podemos distinguir dos grupos:



Micrófonos dinámicos de bobina: En ellos, una pequeña bobina recoge el movimiento de la membrana o diafragma y, al moverse ésta, se genera una corriente. Las ventajas son un coste razonable, robustez, uso sencillo, duro (admiten niveles alto de presión sin saturar) y resistencia de salida baja. Los inconvenientes son una frecuencia algo irregular (con picos) y una sensibilidad alta a golpes y vibraciones. Suelen usarse para instrumentos muy sonoros, así como captaciones en exteriores (por su arquitectura robusta); pueden ser conectados mediante largos cables.



Micrófonos dinámicos de cinta: La diferencia con los de bobina es que el conductor es una cinta metálica en lugar de la bobina. Las ventajas son su robustez también y un refuerzo notable de frecuencias medias y bajas. Los inconvenientes radican en su peso, irregularidad y pobreza en agudos. No se recomiendan para instrumentos muy sonoros.





EL MICRÓFONO DE CONDENSADOR



En un micrófono de condensador, el diafragma está montado junto a una placa (que puede estar agujereada o no), pero sin llegar a tocarla. Una pila está conectada a ambas piezas de metal, la cual produce una diferencia de potencial eléctrico, o carga, entre ellas. La cantidad de esta carga está determinada por el voltaje de la pila, el área del diafragma y la placa y la distancia entre ambos. Esta distancia cambia si el diafragma se mueve como respuesta al impacto de las ondas sonoras. Cuando la distancia cambia, la corriente fluye por el hilo conductor (mientras la pila continúe administrando la misma diferencia de potencial). La cantidad de corriente es básicamente proporcional al desplazamiento del diafragma, y tan diminuta, que debe ser amplificada antes de abandonar el micrófono.





Suelen tener pérdidas de señal si usamos cables de longitud superior a un metro; por este motivo llevan a menudo incorporado un preamplificador inmediatamente detrás del condensador.



Las ventajas son una respuesta plana, gran fidelidad, buen comportamiento en agudos y ataques, buenas relaciones señal/ruido, poco sensibles a las vibraciones y reducido tamaño. Los inconvenientes se centran en su sensibilidad a la humedad, necesidad de alimentación, frágiles y elevado precio. Se aplican en prácticamente todas las captaciones profesionales.



Micrófonos Electret



Es una variante común de los micrófonos de condensador, que emplea un material que confiere carga permanentemente al diafragma. Este material suele ser algún tipo de plástico, y se le denomina Electrito. A menudo manipulamos plásticos cargados permanentemente cuando desenvolvemos un paquete retractilado. Muchos plásticos son conductores cuando están calientes y aislantes cuando está fríos. El plástico es un buen material para fabricar diafragmas por su fiabilidad reproduciendo especificaciones bastante precisas (algunos de los micrófonos más populares llevan incorporados diafragmas de plástico). Por esto no necesitan alimentación aunque sigue siendo preciso el uso de un preamplificador que sigue solicitando corriente, pero en este caso es suficiente con una pila encerrada en la carcasa del propio micrófono. Las ventajas son un precio más asequible y menor sensibilidad a la humedad. El mayor inconveniente de los electritos es que pierden la carga después de algunos años y dejan de ser operativos, además de tener peores respuestas de agudos y menor sensibilidad en general.

ESPECIFICACIONES DE LOS MICRÓFONOS



No existe ninguna ventaja inherente al uso de un tipo de micrófono sobre otro en cuanto a la fidelidad de captación. Los de condensador requieren el uso de baterías desde la mesa (alimentación fantasma) para funcionar, lo que, en ocasiones, supone una traba en el trabajo; los dinámicos necesitan protección por la dispersión de los campos magnéticos, que los hace un poco duros a veces. Sin embargo, se pueden encontrar micrófonos muy buenos en ambos estilos. El factor más importante en la elección de un micrófono es cómo suena en la aplicación para la que se va a utilizar. Deben considerarse los siguientes apartados:





Sensibilidad



Esta es la medida de la cantidad de salida eléctrica que se produce por la toma de un sonido. Esta es una especificación vital si estamos intentando captar sonidos muy tenues, como por ejemplo, una tortuga haciendo burbujas con la boca en su jaula, pero es un asunto que debe tenerse en cuenta siempre. Si colocamos un micro poco sensible frente a un instrumento que produzca un sonido tenue, como podría ser una guitarra acústica, tendremos que incrementar la ganancia en la mesa, añadiendo ruido a la mezcla. Por otro lado, un micrófono muy sensible para las voces podría saturar las entradas electrónicas de la mesa o el multipistas, produciendo distorsión.





Características de la saturación



Cualquier micrófono distorsionará si se sobrepasa su umbral de captación con sonidos muy fuertes. Esto sucede por varios factores. Con un dinámico, la bobina puede salirse del campo magnético; en uno de condensador, el amplificador interno puede recortar la señal. Una saturación mantenida o sonidos extremadamente intensos pueden distorsionar permanentemente el diafragma, degradando la respuesta a niveles ordinarios. Los sonidos fuertes se encuentran más a menudo de lo que pensamos, especialmente si colocamos el micrófono cerca de los instrumentos (¿quién se atreve a poner el oído en la campana de una trompeta?) Normalmente debemos elegir entre alta sensibilidad y altos puntos de saturación, aunque, en ocasiones existen interruptores en los micrófonos para afrontar estas situaciones diferentes.





Linealidad o distorsión



Esta es la característica que aumenta el precio de los micrófonos. Las características de la distorsión de un micrófono están determinadas, sobre todo, por el cuidado con que se ha construido y montado el diafragma. Los altos volúmenes pueden arruinar un micrófono perfectamente válido, pero la distorsión de funcionamiento es un asunto de suerte. Muchos fabricantes tienen numerosos modelos para lo que es el mismo componente. Ellos fabrican una partida y luego realizan los controles de calidad para poner un precio "premium" a los que pasan dicho control. Las firmas grandes desechan cápsulas que no cumplen con sus normas internas (si compramos un Neumann, realmente estamos pagando por cinco).



Ningún micrófono es perfectamente lineal; lo mejor que podemos hacer es conseguir uno cuya distorsión complemente el sonido que estamos intentando grabar. Este es un de los factores que convierten una grabación doméstica en una profesional.





Respuesta en frecuencia



Una respuesta de frecuencia plana ha sido el principal acierto de los fabricantes de micrófonos en las últimas cuatro décadas. En los años cincuenta, los micrófonos eran tan malos, que los fabricantes de mesas de mezclas comenzaron a añadir ecualizadores a cada entrada para compensar las desviaciones. Este esfuerzo ha sido recompensado ahora hasta el punto que los micrófonos más profesionales son respetablemente planos, incluso con sonidos captados frontalmente. La mayor excepción son los micrófonos que enfatizan deliberadamente ciertas frecuencias que son usuales en ciertas aplicaciones.





Ruido



Los micrófonos producen una muy pequeña cantidad de corriente, que toma sentido cuando consideramos como electricidad las partes móviles que deben preceder con exactitud a las ondas sonoras. Para ser operativa tanto en el sentido de la grabación como en otros procesos electrónicos, la señal debe ser amplificada por un factor que oscila alrededor del millar. Cualquier ruido eléctrico producido por el micrófono será también amplificado, por eso, pequeñas cantidades de ruido son intolerables. Los dinámicos están libres de ruido, pero el circuito electrónico integrado en los de condensador es una potencial fuente de problemas, y debe ser cuidadosamente diseñado y construido con piezas de calidad excelente.



El ruido además incluye captaciones indeseadas de vibración mecánica a través del cuerpo del micrófono. Diseños muy sensibles requieren monturas elásticas para las sacudidas, y los micrófonos concebidos para ser llevados en la mano necesitan poseer este tipo de monturas encajadas en su interior.



La más común fuente de ruido asociada a los micrófonos es el cable que los conecta a la mesa de mezclas o al multipistas. Un micrófono preamplificado es muy similar a un receptor de radio, por eso, debe prevenirse que el cable se convierta en una antena. La técnica básica es rodear el cable que lleva la corriente desde el micro hasta la mesa con una malla metálica que desvía una gran cantidad de energía de radio (la conocida jaula de Faraday).



Una segunda técnica, que es más efectiva para los zumbidos en bajas frecuencias inducidos por las compañías de distribución eléctrica en el equipo, es balancear la línea. La corriente producida por el micrófono fluirá por uno de los cables del par entrelazado, y regresará por el otro. Cualquier corriente inducida en el cable desde una fuente externa tenderá a fluir de la misma manera por ambos cables, y las corrientes se cancelarán unas a otras en los transformadores. Este método es caro.





Niveles



La salida de los micrófonos tiene, por necesidad, una señal muy débil, del orden de -60 dB (la potencia producida por una presión de 9,87 µatm ejercida por un sonido). La impedancia de salida dependerá de la existencia de un transformador balanceado a la salida. Si no es así, el micrófono se llamará de "alta impedancia" o "alta Z" y tendrá que ser conectado a una entrada apropiada. El cable empleado debe ser corto, menor a tres metros, para evitar problemas de ruido.



Si el micrófono tiene transformador, se etiquetará como de "baja impedancia", y trabajará mucho mejor con una entrada balanceada de micro preamplificada. El cable puede tener decenas de metros sin ningún tipo de problemas (salvo que los propios cables estén en mal estado). Los micrófonos de baja impedancia y salida balanceada son caros, y generalmente se utilizan para aplicaciones profesionales.



Las salidas balanceadas deben tener tres conectores (enchufes tipo "canon") pero no todos los micrófonos con estos conectores están balanceados.



Los que tiene clavijas normales tipo jack o miniaturizadas, son de alta impedancia. Un micrófono balanceado puede ser usado en una entrada de alta impedancia mediante un adaptador apropiado.



La diferencia fundamental entre un equipo doméstico y otro profesional es la inclusión de un transformador en la mesa de mezclas. Los transformadores no son caros, por lo que se pueden comprar para añadirlos al equipo, siempre que sepamos lo que estamos adquiriendo y no nos confundamos con un adaptador para para los conectores. Con esta configuración, se puede trabajar con micrófonos de calidad profesional, tirar cables de hasta 30 metros sin zumbidos y, si los transformadores elevan la señal un poco, realizar grabaciones con mucho menos ruido. Este sistema no funcionará con la mayoría de multipistas, porque la señal fuerte produce distorsión. Aunque la mesa tendrá otros problemas, es un buen punto de partida para afrontar grabaciones de alta fidelidad.





MODELOS DE CAPTACIÓN



Mucha gente tiene la concepción errónea que los micrófonos sólo captan el sonido de fuentes colocadas frente a ellos, como sucede con las cámaras fotográficas y sus lentes. Esta sería una maravillosa característica si fuese cierta, pero la verdad es que lo único que podemos hacer es aproximarnos a este ideal en detrimento de otros matices igualmente deseables.



Los tipos de micrófonos responden a gráficas polares de la salida producidas contra el ángulo de la fuente sonora. La salida se representa por el radio de curvatura en el ángulo de incidencia.





Omnidireccional (de presión)



El diseño más simple de micrófono captará todos los sonidos, sin tener en cuenta el punto de origen. Este es el conocido micrófono omnidireccional. Son fáciles de usar y tienen excepcionales respuestas de frecuencia.





Bidireccional (de gradiente)



No es difícil producir un tipo de captación que acepte sonidos provenientes frontalmente o desde la parte de atrás del diafragma, pero que no recoja nada proveniente de los laterales. Esta es la manera en que cualquier diafragma se comportará si el sonido lo golpea anterior y posteriormente de igual modo. El rechazo de sonido indeseado es la característica más factible de cualquier diseño, pero el hecho que el micrófono capte sonido desde ambos extremos complica su uso en algunas situaciones. A menudo se coloca por encima del instrumento. La frecuencia de respuesta es tan buena como en un omnidireccional, incluso para sonidos que no están demasiado cerca del micrófono, aunque presentan efecto proximidad, que dificulta su uso en tomas de poca distancia. Potencian los graves (suelen ir provistos de un selector de filtro de graves).





Cardioide (concentrador de haz)



Este tipo es popular para reforzar el sonido de conciertos donde el ruido de la audiencia es un problema presente. El concepto es muy bueno, un micrófono que capta los sonidos hacia los que está enfocado. La realidad, lamentablemente es distinta, el primer problema es que esos sonidos que llegan desde detrás no están completamente anulados, sino simplemente atenuados entre 10 y 30 dBs; y esto puede sorprender a usuarios descuidados. El segundo problema (muy importante) es que este tipo de captación varía con la frecuencia. Para bajas frecuencias, se comporta como un omnidireccional. Un micrófono direccional en el rango de las bajas frecuencias será equitativamente grande y caro. Además, la respuesta de frecuencia para señales que lleguen desde la parte anterior y laterales, será distinta; añade una coloración indeseada a los instrumentos ubicados en los extremos de la orquesta, o a la reverberación de la sala.



Una tercera circunstancia, que puede ser un problema o un efecto deseado, es que el micrófono enfatizará las los componentes de bajas frecuencias provenientes de cualquier fuente situada cerca del diafragma (efecto proximidad). Muchos cantantes y locutores se aprovechan de este efecto para añadir algo más de cuerpo a una voz poco potente.



También hay que destacar el tamaño del micrófono, de manera que los diseños largos son más precisos en el equilibrio de la respuesta de frecuencia anterior y lateral pero también son los más enfatizadores del efecto proximidad. Muchos micrófonos cardioides llevan incorporado un interruptor que activa un filtro pasa bajos muy abierto, para compensar el efecto proximidad. Olvidar esto puede causar efectos angustiosos. Los micrófonos bidireccionales también presentan este fenómeno.



A mayor radio del diafragma, menor es el efecto amplificador de las bajas frecuencias debido al efecto proximidad.





Hipercardioide



Es posible exagerar la orientación de la captación en los micrófonos cardioides, si no nos importa exagerar también algunos problemas. El tipo hipercardioide es muy popular porque ofrece una respuesta de frecuencia más plana y mejor rechazo global a costa de un pequeño lóbulo trasero de captación. Este es, a menudo, un buen compromiso entre el cardioide y los micrófonos bidireccionales. Un micrófono del tipo "escopeta" lleva esas técnicas a extremos montando un diafragma en mitad del tubo (bastidor). Es extremadamente sensible a lo largo del eje principal, pero posee lóbulos extras que varían drásticamente con la frecuencia. De hecho, la respuesta de frecuencia de este tipo es tan mala que, normalmente, está electrónicamente restringido al rango de la voz humana, donde se usa para grabar diálogos y narraciones en cine y video.





Escopeta (o cañón)



Caracterizados por una alta directividad. La diferencia de caminos de la onda que provoca el desfase se produce en un largo tubo situado frente al diafragma. Este tubo dispone de unas ranuras por las que recibirá la señal, de modo que finalmente el diafragma recibirá señales cortas por el frente, señales medias laterales a medio tubo y señales laterales largas al final del mismo. Son especialmente útiles para exteriores o lugares de escasa reverberación.





Estéreo



No se necesita un micrófono especial para grabar en estéreo; con un par de micrófonos normales basta. En realidad, los denominados micrófonos estéreo, son dos cápsulas montadas en el mismo bastidor. Existen dos tipos: los profesionales y carísimos montados en una misma caja, con ángulos de cápsula ajustables e interruptores de control remoto sobre los tipos de captación, y las unidades más económicas (a menudo con las cápsulas orientadas 180 grados) que pueden venderse a altos precios porque llevan impresa la palabra estéreo sobre la montura. [Hay un artículo en este sitio que se ocupa de las técnicas de grabación estéreo].





EN RESUMEN



Con esta guía se pretende orientar al lector en el uso de los diferentes tipos de micrófono que existen en base a su construcción y su direccionalidad. Hay una serie de recomendaciones acerca de qué tipo de micro usar dependiendo del instrumento que pretendamos capturar, aunque de nuevo la experimentación se convierte en la mejor manera de decidir por uno mismo qué micro es apropiado para cada ocasión, o qué conjunto de micrófonos usaremos dependiendo de factores como la colocación, el nivel spl que el instrumento arroja, el tipo de sala, etc.



Es recomendable disponer al menos de micros dinámicos y de condensador para las aplicaciones más comunes que podemos encontrarnos en la etapa de grabación. No hace falta que éstos sean un estándar en el mercado, ya que gracias a la incesante avalancha de micrófonos que provienen de los mercados orientales, que gozan de una calidad/precio difícil de igualar, podemos disponer de un equipo de microfonía completo sin falta de grandes desembolsos por nuestra parte.



Si nos fijamos, veremos que en el mercado existen micrófonos de condensador que ofrecen varios patrones polares en una misma unidad, o varias cápsulas intercambiables, como es el caso de los micrófonos de "lápiz". De este modo, se puede adecuar la respuesta del micrófono a la señal que pretendamos capturar, en base a la direccionalidad.



De todos modos, es importante recordar recordar que un buen micrófono está "cojo" si no va acompañado de un previo acorde a su calidad. Intentemos caer en la tentación de invertir en buenos micrófonos, si vamos a dejar un pequeño porcentaje del presupuesto para los previos. Mejor opción es adquirir micros y previos de calidad semejante, si la inversión es a medio/largo plazo. Si se trata de adquisiciones a corto plazo, quizá sea mejor invertir en bueno micrófonos, ya que estos nos acompañarán a lo largo de muchos años, y cuanto antes empecemos a conocer su funcionamiento y sonido, mejor que mejor.

extraído de http://www.sonidoyaudio.com/sya/vp-tid:2-pid:19-tipos_de_microfonos.html

miércoles, 26 de noviembre de 2008

Sony Vegas Tutorial

Les dejo un tutorial de Vegas en Español para poder hacer la Entrega de Sonido..Suerte!!!







Actualidad y aportaciones de la Escuela de Frankfurt

Análisis del pensamiento de los frankfrutianos como fondo teórico para comprender algunos de los problemas de nuestro presente, y discusión de algunas de sus aportaciones a la historia de la filosofía.

A partir de la panorámica que se presenta en esta sección, podrían señalarse algunos aspectos teóricos en los que aún es posible recuperar el pensamiento de los frankfurtianos, y especialmente de Adorno y Horkheimer. Desde nuestro punto de vista cabe hablar al menos de los siguientes puntos:
Pensamiento crítico
Gráfico de la evolución del pensamiento de los frankfurtianos. Click para ampliar.
Gráfico de la evolución del
pensamiento de los frankfurtianos.



En primer lugar, destacar la necesidad de fomentar un pensamiento crítico. Puede que la necesidad de la crítica sea una constante a lo largo de la historia, y no un rasgo exclusivo de los momentos actuales. Con todo, la actitud vital y la disposición teórica de Adorno y Horkheimer pueden servirnos como modelos de una labor intelectual honesta y a la altura de las circunstancias. Para ellos la crítica consiste en aplicar el pensamiento dialéctico, en buscar siempre “lo otro” o “lo negativo” de lo que se nos presenta con pretensiones de verdad o validez. Y este tipo de pensamiento, permanentemente dispuesto a evaluar todo lo que se presenta ante sus ojos, sigue siendo hoy tan necesario como hace 60 años. Y no se trata tan sólo de repetir las críticas que construyeron los frankfurtianos, algunas de las cuales gozarían de plena vigencia, sino de desarrollar también esta capacidad crítica para enfrentarse a la realidad actual. La lectura de sus obras puede ayudarnos, sin lugar a dudas, a despertar un sentido crítico que nos hará huir de todo tipo de dogmatismos, pues la crítica estará más cercana a la negatividad que a la afirmación de un proyecto dado.
Relación entre teoría y práctica

En segundo lugar, nos parece también importante la superación de la dicotomía tradicional entre teoría y praxis. Esta idea, heredada del marxismo, supera también la vieja concepción de la filosofía como un mero ejercicio especulativo y desvinculado de la realidad en la que surge. El intelectual, el filósofo, el artista, el literato... Todos ellos contribuyen con su labor a la evolución y transformación de la sociedad. La práctica genera una teoría que a su vez es capaz de modificar aquello que pretende explicar. De la misma manera que la teoría “nace” rodeada de una serie de circunstancias (económicas, sociales, políticas, culturales, artísticas) que la conforman, el pensamiento es capaz también de cambiar aquella realidad que pretende estudiar. Teoría y praxis son dos caras de una misma moneda, lo que le da aún más sentido a las inquietudes teóricas de los frankfurtianos. Y esto no consiste sólo en dar una nueva respuesta a las clásica pregunta sobre el para qué del pensamiento, sino de abrir nuevas vías tanto para la investigación teórica como para la comprensión de la realidad social e histórica de la que somos herederos.
Actualidad de la ilustración

Un tercer aspecto que aún tenemos planteado, y con el que tenemos que enfrentarnos, es el llamado problema de la Ilustración. La emancipación y la autonomía que este movimiento histórico señaló como objetivos, no se han logrado todavía, del mismo modo que aún estamos lejos de vivir en las sociedades justas e igualitarias asociadas a la Ilustración. Auschwitz y la persecución nazi dieron un nuevo giro de tuerca a este problema, tal y como supieron ver Adorno y Horkheimer en DI. La repetición en nuestra actualidad de este tipo de procesos y fenómenos ha llevado a un profundo cuestionamiento de la Ilustración, y, en definitiva, de toda la tradición filosófica occidental.

La discusión sobre la modernidad o la posmodernidad puede considerarse una consecuencia más del problema de la Ilustración. Eliminar aquellos aspectos que conducen al horror (y el dogmatismo de la razón puede ser uno de ellos) y saber conservar los momentos de verdad que aún puedan existir en este movimiento es, en palabras de Adorno y Horkheimer, una de las tareas más urgentes de nuestro tiempo. La pretendida superioridad de la civilización occidental choca una y otra vez con sucesos en los que se sigue comprobando la barbarie y el horror. El alumbramiento de la Ilustración es un proceso complicado, pero, nos guste o no, pertenecemos todavía a ese momento, por lo que no podemos eludir los problemas subyacentes al mismo.
Pensar el arte y la religión

Un cuarto aspecto a tener en cuenta es la reflexión sobre el arte y la religión . Aun cuando ambas reflexiones representan, tanto en Adorno como en Horkheimer, la renuncia a la capacidad de la razón humana, resultan ambas especialmente fecundas. La Teoría estética de Adorno se ha convertido en una obra de referencia obligada en las cuestiones que rodean al arte, su producción y su recepción. Por otro lado, no hace falta referirse a recientes fenómenos históricos para fundamentar la necesidad de pensar la religión, y de abordar los problemas que desde la misma se plantean. Siempre, por supuesto, desde la perspectiva crítica de la que hablábamos antes. Volver a plantear las relaciones entre la religión y la sociedad, religión y política o religión y moral, sigue ofreciendo dificultades que deben ser superadas por medio del diálogo, evitando posturas extremas y dogmáticas, como aquellas que identifican una religión particular con la verdad, o aquellas que rechazan (sin una reflexión previa) todo aquello que provenga de la religión.
Habermas como alternativa
Jürgen Habermas
Jürgen Habermas

Todo este potencial teórico de la Escuela de Frankfurt, se puede comprobar, de un modo paradigmático, en toda la filosofía de Jürgen Habermas. Aunque su evolución y sus inquietudes hayan desbordado, en cierto modo, el marco de la escuela, es innegable que su trabajo inicial comienza dentro de la misma. La misma construcción de la razón comunicativa puede ser interpretada como un intento de superar el callejón sin salida en el que nos había dejado la oposición entre la razón instrumental y la razón objetiva. Igualmente, la filosofía de Habermas representa una defensa sistemática y seria de la modernidad y de todo el proyecto ilustrado.

Su Teoría de la Acción Comunicativa es para muchos una de las mayores aportaciones a la ética de la segunda mitad del siglo XX, y sigue siendo todavía objeto de controversias y encendidos debates. La presencia de Habermas en muchos de los problemas a los que ha tenido que enfrentarse la civilización occidental (problemas sociales, políticos, y económicos, pero también discusiones sobre las últimas técnicas genéticas) es un claro símbolo de la fertilidad de los planteamientos de la Escuela de Frankfurt. Por otro lado, las reflexiones actuales de la misma siguen manteniendo, pese al paso del tiempo y la correspondiente evolución, el mismo espíritu crítico que siempre caracterizó a los autores de la Escuela.
Extaído de http://www.boulesis.com/especial/escueladefrankfurt/pensamiento/aportaciones/

Escuela de Frankfurt

Del proyecto de la Teoría crítica al desengaño de la razón

Ideas centrales que configuraron el marco filosófico en el que debía haberse desarrollado la actividad de los miembros de la Escuela, con la posterior evolución hacia posiciones más escépticas respecto a las posibilidades de la razón humana.
Heterogeneidad de los autores

Lo primero que hay que advertir, es que reunir en una sola exposición a autores tan extremadamente complejos como Adorno, Pollock, Horkheimer, Fromm o Marcuse, es sencillamente imposible. La Escuela de Frankfurt nunca fue una escuela en sentido cerrado, en la que todos hubieran de tomar las mismas líneas de investigación o los mismos presupuestos teóricos. Lo que unía a los autores de la escuela, era la intención de desarrollar un pensamiento crítico y reflexivo, inspirado en el pensamiento marxista. A partir de aquí, la libertad primó sobre la necesidad de sistematizar, y los miembros de la escuela desarrollaron pensamientos heterogéneos. Esta heterogeneidad no fue siempre fácil de armonizar: baste recordar que Fromm y Marcuse salieron de la Escuela por desavenencias en la interpretación de autores como Freud o Heidegger. Así, a la hora de destacar los temas centrales de la escuela, cabría la posibilidad de escribir tantos trabajos distintos como miembros tuvo la escuela. Con todo, puesto que no es ese el objetivo de este especial, nos centraremos en el proyecto de teoría crítica, tal y como fue formulado por Horkheimer, y su mínimo desarrollo a lo largo de los años 30.
La interdisciplinariedad del proyecto de Teoría Crítica
Gráfico sobre la Teoria Crtitica interdisciplinar


El proyecto original de Horkheimer aparece formulado, entre otras obras, en Teoría tradicional y teoría crítica y en Materialismo, metafísica y moral. Horkheimer no transformó sustancialmente el proyecto originario del Instituto para la Investigación Social. Pero sí que se puede decir, que la orientación predominantemente sociológica dio lugar a un enfoque más filosófico. Así una de las ideas centrales seguirá siendo la interdisciplinariedad. Si de transformar la sociedad se trata, si “introducir razón en el mundo” es uno de los objetivos de la escuela, un conocimiento lo más científico posible de la misma será una condición indispensable. Esta interdisciplinariedad se concretará en tres disciplinas fundamentales, que podrán verse complementadas por otras secundarias.
La Sociología

Así, en primer lugar, la sociología sigue siendo un instrumento indispensable. Esta ciencia, desarrollada desde presupuestos marxistas, deberá buscar líneas de investigación que muestre precisamente “lo otro” de la sociedad. Desde los presupuestos dialécticos asumidos con la escuela, totalizar un objeto de estudio tan complejo como la sociedad es falsearla. Por eso los proyectos concretos se centrarán en las formas de opresión o marginación presentes en la sociedad. Un buen ejemplo de todo esto lo podemos encontrar en los estudios sobre el antisemitismo llevados a cabo por Adorno y Horkheimer. Además de su valor sociológico, son una crónica excepcional de los mecanismos utilizados por el nacionalsocialismo en la construcción de un “sentimiento social” y de todo un sistema destinado a la marginación y exterminio de un grupo determinado. La sociología, por tanto, debe mantener la crítica de la sociedad. No es su función simplemente describir el todo social, sino precisamente impulsar su transformación al sacar a la luz lo que los instrumentos ideológicos pretenden esconder. Lo negativo de la sociedad deberá apuntar aquello que debe cambiar. Con el paso del tiempo, esta concepción de la sociología sería el centro de la llamada Disputa de la Sociología alemana, en la que la teoría crítica de los frankfurtianos (Adorno-Habermas) se enfrentó con el racionalismo crítico (K. Popper-H. Albert). Los puntos de vista de estos 4 autores aparece en un libro ya convertido en clásico: La disputa del positivismo en la sociología alemana.
El psicoanálisis

Como complemento a esta perspectiva crítica de la sociedad, se hacía también necesario lograr una comprensión adecuada del individuo. Para ello, se tomó a Freud como referente y se encargó a Erich Fromm la tarea de armonizar las ideas esenciales del psicoanálisis con los presupuestos marxistas. La elección del psicoanálisis no fue, a este respecto, casual. Si una de las críticas más importantes del marxismo denunciaba la alienación que sufría el proletario dentro de las sociedades capitalistas, el psicoanálisis también apuntaba la función represiva de la sociedad sobe los impulsos del individuo. El psicoanálisis y el marxismo se complementaban a nivel teórico en su dimensión crítica, tal y como supieron ver los frankfurtianos. Con todo, ambos pensamientos eran también divergentes, y estas diferencias fueron las que, con el tiempo, provocaron la salida de Fromm del Instituto para la Investigación Social. La interpretación de Fromm, influida quizás por prejuicios de tipo religioso o moral, restaba importancia a conceptos como el de libido y presentaba una visión del psicoanálisis que a los ojos del resto de frankfurtianos no era fiel a los textos de Freud, por lo que Horkheimer y Adorno se fueron distanciando de Fromm. Para ellos, el potencial crítico del psicoanálisis había sido sustituido por una divagación cuyos resultados no eran nada claros.
La economía

Con la psicología y la sociología, se había logrado una visión adecuada del individuo y la sociedad. Sin embargo, era necesario encontrar una forma de enlazar ambas perspectivas, encontrando algún objeto de estudio en el que individuo y sociedad interactuaran. Tal y como aparece en el proyecto de Horkheimer, esta ciencia debía ser la economía, disciplina en la que los frankfurtianos contaban con la colaboración de Friedrich Pollock. En la economía individuo y sociedad establecen relaciones entre sí, de modo que es un lugar idóneo para estudiar las relaciones entre ambos. El individuo influye en la sociedad a través de la economía, y a la vez la sociedad afecta a la vida de los individuos también por medio de la economía, por lo que su estudio completa este proyecto interdisciplinar que animó a los frankfurtianos desde el principio.

Aunque las tres disciplinas de las que hemos hablado son el hilo conductor de la Teoría Crítica , tal y como la entiende Horkheimer, no se puede olvidar que se abre también la posibilidad de que intervengan otros enfoques que siempre pueden servir como complemento. Así, los tratados teológicos de P. Tillich, o los estudios musicales de Adorno, eran también incluidos dentro de este proyecto. De hecho, el IIS siempre estuvo abierto a la participación de más autores, entre los que cabe destacar, por citar un solo ejemplo, a Walter Benjamin, cuyos estudios sobre estética y sobre filosofía de la historia ejercieron una influencia notable sobre el pensamiento de Adorno.
Pensamiento crítico y reflexivo

Junto a la interdisciplinariedad que acabamos de comentar, hay que destacar también dos características fundamentales: la reflexividad del pensamiento y su dimensión crítica. El pensamiento debe nacer, a ojos de Horkheimer, a partir de las contradicciones de la realidad, desde todo aquello que nos hace pensar una sociedad distinta. El materialismo del que hablan los frankfurtianos no es, ni mucho menos, una teoría física sino sociológica. La sociedad misma señala los temas y las líneas de investigación en aquello que reprime, en aquello que silencia, y una sociología a la altura de su tiempo debe atender precisamente a estos mecanismos de dominación de la sociedad, para rescatar la verdad de lo que oculta. Por eso, el pensamiento debe ser crítico y reflexivo. Crítico no como negación directa de la realidad, sino como renuncia a una aceptación irreflexiva de la realidad (social) tal y como se nos presenta. La crítica parte siempre de una sencilla proposición: “otra sociedad es posible”. Sólo en la medida en que es crítico puede el pensamiento también ser reflexivo. Sólo naciendo de la injusticia misma puede llegar a modificarla, a transformarla, superando así la dicotomía teoría-práctica. Un pensamiento materialista y práctico no es una pura especulación teórica, sino una actividad de tipo práctico que contribuye también al progreso de la sociedad. El “télos” (fin) emancipatorio heredado del marxismo continúa en el pensamiento de los frankfurtianos plenamente vigente.

Este proyecto fue prácticamente abortado desde su nacimiento. La actividad de los miembros del Instituto era cada vez más vigilada, y, como ya hemos comentado, sus miembros se vieron obligados a exiliarse. Esta situación política llevó a la desesperación a los frankfurtianos, que veían una y otra vez cómo la realidad se burlaba de sus aspiraciones teóricas, de modo que la transformación esperada de la sociedad no llegaba, sino que, muy al contrario, se iba afianzando el horror y la persecución.
El desengaño: Dialéctica de la Ilustración
Portada de Dialéctica de la Ilustración
Portada de
Dialéctica de la Ilustración

La experiencia vital e histórica de los miembros de la Escuela de Frankfurt provocó un giro en su pensamiento. La barbarie sistemática y racionalmente organizada les hizo desconfiar de la capacidad del hombre (y especialmente de su tan elogiada razón) para lograr construir sociedades justas e igualitarias. El proyecto de la Teoría crítica se ve suplantado por un escepticismo y un alto grado de pesimismo, que se ven reflejados en una de las obras más comentadas de Adorno y Horkheimer: Dialéctica de la Ilustración (DI). La idea central de esta obra es sencilla: la Ilustración esconde dentro de sí los momentos de explotación y horror que se han ido desplegando a lo largo de la Historia. La DI no representa sólo una renuncia a ese pensamiento reflexivo y práctico, sino que además es una crítica devastadora a la razón occidental. El mito tiene algo de ilustrado, y la Ilustración tiene también un componente mitológico. Pretender deslindar ambas dimensiones es, sencillamente, ingenuo. La afirmación ilustrada de la razón lleva aparejada la destrucción y la instrumentalización del ser humano, por lo que confiar en la razón, antes o después, vuelve a conducirnos al exterminio, a la masacre.

Este giro se reflejó en Adorno y en Horkheimer de dos modos bien diferenciados: mientras Adorno se centraba en sus intereses por la estética y se refugiaba en el arte en su huida de la racionalidad, Horkheimer se volvía a sus lecturas de juventud (entre las que frecuentó a Schopenhauer ) y recuperaba igualmente el valor positivo de la religión que aprendiera dentro de su familia. Arte y religión como dos esferas no estrictamente racionales desde las que aún era posible la crítica. “Pesimista teórico, pero optimista práctico”. Así se definía Horkheimer que encontraba en la crítica el único imperativo moral del intelectual, la única vía de escape, y la única construcción racional que no corría el peligro de totalizarse, de convertirse en un dogma. Esta crítica radical al logocentrismo occidental se reflejó en obras como Crítica de la razón instrumental, A la búsqueda de sentido, Ocaso (Horkheimer) o Teoría estética, Mínima moralia, y Dialéctica negativa (Adorno). Para ambos autores pensar después de Auschwitz tiene que ser pensar al margen de la razón instrumental, pero también al margen de una razón objetiva que corre el peligro de solidificarse o de convertirse en metafísica (en el sentido peyorativo de la palabra). Por eso el arte y la religión vienen a ocupar un lugar tan importante en su pensamiento.
Extrído de Del proyecto de la Teoría crítica al desengaño de la razón
Ideas centrales que configuraron el marco filosófico en el que debía haberse desarrollado la actividad de los miembros de la Escuela, con la posterior evolución hacia posiciones más escépticas respecto a las posibilidades de la razón humana.
Heterogeneidad de los autores

Lo primero que hay que advertir, es que reunir en una sola exposición a autores tan extremadamente complejos como Adorno, Pollock, Horkheimer, Fromm o Marcuse, es sencillamente imposible. La Escuela de Frankfurt nunca fue una escuela en sentido cerrado, en la que todos hubieran de tomar las mismas líneas de investigación o los mismos presupuestos teóricos. Lo que unía a los autores de la escuela, era la intención de desarrollar un pensamiento crítico y reflexivo, inspirado en el pensamiento marxista. A partir de aquí, la libertad primó sobre la necesidad de sistematizar, y los miembros de la escuela desarrollaron pensamientos heterogéneos. Esta heterogeneidad no fue siempre fácil de armonizar: baste recordar que Fromm y Marcuse salieron de la Escuela por desavenencias en la interpretación de autores como Freud o Heidegger. Así, a la hora de destacar los temas centrales de la escuela, cabría la posibilidad de escribir tantos trabajos distintos como miembros tuvo la escuela. Con todo, puesto que no es ese el objetivo de este especial, nos centraremos en el proyecto de teoría crítica, tal y como fue formulado por Horkheimer, y su mínimo desarrollo a lo largo de los años 30.
La interdisciplinariedad del proyecto de Teoría Crítica
Gráfico sobre la Teoria Crtitica interdisciplinar

El proyecto original de Horkheimer aparece formulado, entre otras obras, en Teoría tradicional y teoría crítica y en Materialismo, metafísica y moral. Horkheimer no transformó sustancialmente el proyecto originario del Instituto para la Investigación Social. Pero sí que se puede decir, que la orientación predominantemente sociológica dio lugar a un enfoque más filosófico. Así una de las ideas centrales seguirá siendo la interdisciplinariedad. Si de transformar la sociedad se trata, si “introducir razón en el mundo” es uno de los objetivos de la escuela, un conocimiento lo más científico posible de la misma será una condición indispensable. Esta interdisciplinariedad se concretará en tres disciplinas fundamentales, que podrán verse complementadas por otras secundarias.
La Sociología

Así, en primer lugar, la sociología sigue siendo un instrumento indispensable. Esta ciencia, desarrollada desde presupuestos marxistas, deberá buscar líneas de investigación que muestre precisamente “lo otro” de la sociedad. Desde los presupuestos dialécticos asumidos con la escuela, totalizar un objeto de estudio tan complejo como la sociedad es falsearla. Por eso los proyectos concretos se centrarán en las formas de opresión o marginación presentes en la sociedad. Un buen ejemplo de todo esto lo podemos encontrar en los estudios sobre el antisemitismo llevados a cabo por Adorno y Horkheimer. Además de su valor sociológico, son una crónica excepcional de los mecanismos utilizados por el nacionalsocialismo en la construcción de un “sentimiento social” y de todo un sistema destinado a la marginación y exterminio de un grupo determinado. La sociología, por tanto, debe mantener la crítica de la sociedad. No es su función simplemente describir el todo social, sino precisamente impulsar su transformación al sacar a la luz lo que los instrumentos ideológicos pretenden esconder. Lo negativo de la sociedad deberá apuntar aquello que debe cambiar. Con el paso del tiempo, esta concepción de la sociología sería el centro de la llamada Disputa de la Sociología alemana, en la que la teoría crítica de los frankfurtianos (Adorno-Habermas) se enfrentó con el racionalismo crítico (K. Popper-H. Albert). Los puntos de vista de estos 4 autores aparece en un libro ya convertido en clásico: La disputa del positivismo en la sociología alemana.
El psicoanálisis

Como complemento a esta perspectiva crítica de la sociedad, se hacía también necesario lograr una comprensión adecuada del individuo. Para ello, se tomó a Freud como referente y se encargó a Erich Fromm la tarea de armonizar las ideas esenciales del psicoanálisis con los presupuestos marxistas. La elección del psicoanálisis no fue, a este respecto, casual. Si una de las críticas más importantes del marxismo denunciaba la alienación que sufría el proletario dentro de las sociedades capitalistas, el psicoanálisis también apuntaba la función represiva de la sociedad sobe los impulsos del individuo. El psicoanálisis y el marxismo se complementaban a nivel teórico en su dimensión crítica, tal y como supieron ver los frankfurtianos. Con todo, ambos pensamientos eran también divergentes, y estas diferencias fueron las que, con el tiempo, provocaron la salida de Fromm del Instituto para la Investigación Social. La interpretación de Fromm, influida quizás por prejuicios de tipo religioso o moral, restaba importancia a conceptos como el de libido y presentaba una visión del psicoanálisis que a los ojos del resto de frankfurtianos no era fiel a los textos de Freud, por lo que Horkheimer y Adorno se fueron distanciando de Fromm. Para ellos, el potencial crítico del psicoanálisis había sido sustituido por una divagación cuyos resultados no eran nada claros.
La economía

Con la psicología y la sociología, se había logrado una visión adecuada del individuo y la sociedad. Sin embargo, era necesario encontrar una forma de enlazar ambas perspectivas, encontrando algún objeto de estudio en el que individuo y sociedad interactuaran. Tal y como aparece en el proyecto de Horkheimer, esta ciencia debía ser la economía, disciplina en la que los frankfurtianos contaban con la colaboración de Friedrich Pollock. En la economía individuo y sociedad establecen relaciones entre sí, de modo que es un lugar idóneo para estudiar las relaciones entre ambos. El individuo influye en la sociedad a través de la economía, y a la vez la sociedad afecta a la vida de los individuos también por medio de la economía, por lo que su estudio completa este proyecto interdisciplinar que animó a los frankfurtianos desde el principio.

Aunque las tres disciplinas de las que hemos hablado son el hilo conductor de la Teoría Crítica , tal y como la entiende Horkheimer, no se puede olvidar que se abre también la posibilidad de que intervengan otros enfoques que siempre pueden servir como complemento. Así, los tratados teológicos de P. Tillich, o los estudios musicales de Adorno, eran también incluidos dentro de este proyecto. De hecho, el IIS siempre estuvo abierto a la participación de más autores, entre los que cabe destacar, por citar un solo ejemplo, a Walter Benjamin, cuyos estudios sobre estética y sobre filosofía de la historia ejercieron una influencia notable sobre el pensamiento de Adorno.
Pensamiento crítico y reflexivo

Junto a la interdisciplinariedad que acabamos de comentar, hay que destacar también dos características fundamentales: la reflexividad del pensamiento y su dimensión crítica. El pensamiento debe nacer, a ojos de Horkheimer, a partir de las contradicciones de la realidad, desde todo aquello que nos hace pensar una sociedad distinta. El materialismo del que hablan los frankfurtianos no es, ni mucho menos, una teoría física sino sociológica. La sociedad misma señala los temas y las líneas de investigación en aquello que reprime, en aquello que silencia, y una sociología a la altura de su tiempo debe atender precisamente a estos mecanismos de dominación de la sociedad, para rescatar la verdad de lo que oculta. Por eso, el pensamiento debe ser crítico y reflexivo. Crítico no como negación directa de la realidad, sino como renuncia a una aceptación irreflexiva de la realidad (social) tal y como se nos presenta. La crítica parte siempre de una sencilla proposición: “otra sociedad es posible”. Sólo en la medida en que es crítico puede el pensamiento también ser reflexivo. Sólo naciendo de la injusticia misma puede llegar a modificarla, a transformarla, superando así la dicotomía teoría-práctica. Un pensamiento materialista y práctico no es una pura especulación teórica, sino una actividad de tipo práctico que contribuye también al progreso de la sociedad. El “télos” (fin) emancipatorio heredado del marxismo continúa en el pensamiento de los frankfurtianos plenamente vigente.

Este proyecto fue prácticamente abortado desde su nacimiento. La actividad de los miembros del Instituto era cada vez más vigilada, y, como ya hemos comentado, sus miembros se vieron obligados a exiliarse. Esta situación política llevó a la desesperación a los frankfurtianos, que veían una y otra vez cómo la realidad se burlaba de sus aspiraciones teóricas, de modo que la transformación esperada de la sociedad no llegaba, sino que, muy al contrario, se iba afianzando el horror y la persecución.
El desengaño: Dialéctica de la Ilustración
Portada de Dialéctica de la Ilustración
Portada de
Dialéctica de la Ilustración

La experiencia vital e histórica de los miembros de la Escuela de Frankfurt provocó un giro en su pensamiento. La barbarie sistemática y racionalmente organizada les hizo desconfiar de la capacidad del hombre (y especialmente de su tan elogiada razón) para lograr construir sociedades justas e igualitarias. El proyecto de la Teoría crítica se ve suplantado por un escepticismo y un alto grado de pesimismo, que se ven reflejados en una de las obras más comentadas de Adorno y Horkheimer: Dialéctica de la Ilustración (DI). La idea central de esta obra es sencilla: la Ilustración esconde dentro de sí los momentos de explotación y horror que se han ido desplegando a lo largo de la Historia. La DI no representa sólo una renuncia a ese pensamiento reflexivo y práctico, sino que además es una crítica devastadora a la razón occidental. El mito tiene algo de ilustrado, y la Ilustración tiene también un componente mitológico. Pretender deslindar ambas dimensiones es, sencillamente, ingenuo. La afirmación ilustrada de la razón lleva aparejada la destrucción y la instrumentalización del ser humano, por lo que confiar en la razón, antes o después, vuelve a conducirnos al exterminio, a la masacre.

Este giro se reflejó en Adorno y en Horkheimer de dos modos bien diferenciados: mientras Adorno se centraba en sus intereses por la estética y se refugiaba en el arte en su huida de la racionalidad, Horkheimer se volvía a sus lecturas de juventud (entre las que frecuentó a Schopenhauer ) y recuperaba igualmente el valor positivo de la religión que aprendiera dentro de su familia. Arte y religión como dos esferas no estrictamente racionales desde las que aún era posible la crítica. “Pesimista teórico, pero optimista práctico”. Así se definía Horkheimer que encontraba en la crítica el único imperativo moral del intelectual, la única vía de escape, y la única construcción racional que no corría el peligro de totalizarse, de convertirse en un dogma. Esta crítica radical al logocentrismo occidental se reflejó en obras como Crítica de la razón instrumental, A la búsqueda de sentido, Ocaso (Horkheimer) o Teoría estética, Mínima moralia, y Dialéctica negativa (Adorno). Para ambos autores pensar después de Auschwitz tiene que ser pensar al margen de la razón instrumental, pero también al margen de una razón objetiva que corre el peligro de solidificarse o de convertirse en metafísica (en el sentido peyorativo de la palabra). Por eso el arte y la religión vienen a ocupar un lugar tan importante en su pensamiento.
Extraído de http://www.boulesis.com/especial/escueladefrankfurt/pensamiento/